Vas construyendo tu biografía como algo valioso, un relato singular, algo representativo, significativo. Pero un día te das cuenta de que la camisa te viene grande, no sabes porqué pero algo ya no encaja. Cada vez te cuesta más subir los escalones que llevan hasta a tu piso. No sabes si te estás haciendo pequeño o el mundo se te queda grande. Empiezas a estirar los brazos, a ponerte de puntillas, a hacer cosas verdaderamente extrañas, porque intentas alcanzar algo y a pesar de todo no llegas. Lo intentas todo para detener el proceso pero sigues haciéndote más y más pequeño. Tienes que adaptarte, servirte de lo que encuentras a tu alrededor con fines diferentes para los que estaban diseñados. Una aguja será tu espada mientras puedas sujetarla, porque no hay descanso y todo lo que antes te era indiferente hoy son enormes amenazas. Y terminas refugiándote en una caja de cerillas para sólo salir cuando el hambre aprieta.

Hace tiempo que nadie te ve. Ahora sólo piensas en subsistir, es tu obsesión. Sobrevivir es tu prioridad. Eres un superviviente en un mundo hostil. A pesar de todo o a toda costa, lo estás logrando, sigues aquí y eso te hace sentir fuerte, poderoso. ¿Es que acaso la vida desnuda, la vida pura que se mide en cuanto a su duración y que persigue la ausencia de dolor es menos valiosa? Y desde tu milimétrico rincón, mirando hacia la inmensidad de afuera, te das cuenta de que, cuando ya no hay elección, tomar una decisión puede ser la única alternativa. ¿Qué vida quiero vivir?

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